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La controvertida estrategia de Trump contra las personas sin hogar despierta críticas y preocupación social

Homeless People
Foto: Archivo

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Alexis Quintar – Días atrás, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva titulada  “Acabar con el crimen y el desorden en las calles de Estados Unidos” que muchos consideraron como una medida para enfrentar la crisis de las personas sin hogar. Pero esta medida, que se presenta como una solución para afrontar la falta de vivienda en  Norteamérica, ha sido tachada por muchos como una forma de criminalización encubierta.

En un país donde más de 770 mil personas no tienen techo, el nuevo decreto de Trump ha  encendido una polémica que va más allá del lenguaje político, generando en muchas  organizaciones sociales preguntas como: ¿Se puede combatir la pobreza con patrullas? ¿Es  posible silenciar el dolor con decretos?

El Centro Nacional para la Vivienda Saludable (NCHH, en inglés) advierte que esta orden amplía el poder policial y su carácter represivo, lo que podría traducirse en un  aumento de desalojos forzados y una persecución aún más dura contra quienes ya viven al  límite y en lugar de tender puentes para salir de la vulnerabilidad, la política apuesta por la  fuerza y la exclusión.

Lo que realmente preocupa a los críticos es el enfoque punitivo y deshumanizante, ya que la  orden ejecutiva describe las calles como espacios dominados por una “vagancia endémica”,  señalando que muchas personas sin hogar son adictas o sufren enfermedades mentales.  Además, acusa a los programas de subvenciones de fomentar la dependencia, insinuando que  las personas sin hogar prefieren no trabajar, dejando entrever que los indigentes son una  amenaza al país.

La paradoja del país más rico

Mientras se endurecen las políticas contra los más vulnerables, los números pintan un  contraste brutal y así lo reveló el Informe de Riqueza 2025 de Knight Frank, el cual muestra  que, sólo en Estados Unidos, más de 905.000 personas tienen entre 10 y 99 millones de  dólares en patrimonio. Para ponerlo en perspectiva: acabar con la falta de vivienda costaría, en  el peor de los casos, unos 30.000 millones de dólares. Eso significa que con apenas el 0,5% de  la riqueza de los milmillonarios, nadie en el país debería dormir a la intemperie, y aun así, más  de 770.000 personas lo hacen cada noche.

Muchos críticos advierten que se está construyendo una solución “cosmética”, sin atender las  raíces estructurales del problema. No se menciona, por ejemplo, que el 13% de las personas  que no poseen un hogar son veteranos de guerra que alguna vez sirvieron al país y hoy  duermen en aceras frías, invisibilizados por políticas que prefieren esconderlos que atenderlos.  “Este decreto no cura el problema. Lo disfraza. Lo barre bajo la alfombra, como si fuera polvo  incómodo en una sala de gala antes de recibir visitas internacionales”, señala una  representante del NCHH.

Estigmas y simplificaciones peligrosas

Según este decreto, los sin techo son retratados como adictos o enfermos mentales que  constituyen un riesgo para la sociedad, lo cual es una etiqueta cruel muy difícil de justificar. En  partes de esta orden ejecutiva se puede leer: “Casi dos tercios de las personas sin hogar  reportan haber consumido regularmente drogas duras como metanfetaminas, cocaína u  opioides, el Gobierno Federal y los estados han gastado decenas de miles de millones de

dólares en programas fallidos para abordar la falta de vivienda dejando a otros ciudadanos  vulnerables frente a amenazas a la seguridad pública”.

Otro detalle que no se puede pasar por alto es que las familias trabajadoras que no pueden  costear una vivienda digna o los que lo perdieron todo por una deuda médica,  lamentablemente, también quedan atrapados en esta red de desamparo. El decreto no  menciona las causas estructurales: salarios insuficientes, alquileres imposibles, un sistema de  salud que a veces exige más que lo que un cuerpo puede resistir.

Sin duda, esta Orden Ejecutiva coincide con el lenguaje que Trump utilizó en la campaña  electoral, quien en un video de campaña de 2023 aseveró: “Nuestras otrora grandiosas  ciudades se han convertido en pesadillas insalubres e inhabitables, entregadas a las personas  sin hogar”. El presidente norteamericano prometió acabar con la falta de vivienda mediante la  creación de “ciudades de tiendas de campaña donde se pueda reubicar a las personas sin  hogar”. Los expertos llevan años señalando que la solución a la falta de vivienda no pasa por la  criminalización, sino por la inversión social como acceso a salud mental, trabajo digno,  educación, tratamientos voluntarios y, sobre todo, un hogar seguro sin condiciones previas.

Programas como “Vivienda primero” fueron políticas que han demostrado que ofrecer un  hogar estable reduce la reincidencia en adicciones, mejora la salud mental y facilita la  reinserción laboral. Pero para Trump, esa visión suena “blanda”, ya que prefiere el discurso del  castigo, del orden, del enemigo interno. Y todo indicaría que no está solo, puesto que  gobernadores, tanto demócratas como republicanos, ya han empezado a replicar medidas  similares en sus propios estados y desde California hasta Florida, los campamentos son  desmantelados a la fuerza, y las personas obligadas a reubicarse o desaparecer.