
Maxi Benbassat- La “blancura” en los Estados Unidos no es una categoría biológica sino una construcción social y política que ha definido acceso, poder y legitimidad desde los primeros años de la nación. A lo largo del tiempo, ha cambiado según intereses económicos, políticos y culturales, y ha operado junto a sistemas que excluyen o marginan de manera estructural a grupos racializados, especialmente la población negra y los inmigrantes no europeos.
Diversos estudios sobre raza y poder, incluyendo marcos analíticos del Racial Equity Institute (REI, por sus siglas en inglés), muestran que entender la blancura implica examinar no sólo a los individuos, sino las estructuras que la mantienen y reproducen.
Ser blanco ha significado históricamente acceso a privilegios como propiedad de la tierra, ciudadanía plena, participación política, seguridad social y legitimidad cultural. Para el REI, estas ventajas no surgen de la casualidad, sino de sistemas diseñados para favorecer a la población blanca mientras limitan las oportunidades de los grupos racializados. “La blancura funciona como norma invisible regulando la movilidad social, la percepción de ciudadanía y la distribución de recursos de manera estructural”, aseguran.
Estructuras que sostienen privilegios
La historia afroamericana muestra la forma más rígida de exclusión racial en Estados Unidos. La esclavitud convirtió a los afroamericanos en propiedad, negándoles derechos básicos. Tras la Guerra Civil, las leyes de Jim Crow en el sur institucionalizaron la segregación racial con educación inferior, acceso limitado a empleo, restricciones de movilidad y exclusión política.
El redlining, implementado desde la década de 1930 por bancos y agencias de seguros, consolidó estas desigualdades. Los mapas de redlining clasificaban barrios como “aptos” o “no aptos” para financiamiento hipotecario según su composición racial. Los vecindarios negros y en su mayoría de inmigrantes de color eran sistemáticamente excluidos del crédito, mientras los vecindarios blancos recibían inversión, asegurando que la riqueza se concentrara en la población blanca. Esta práctica tuvo efectos intergeneracionales limitando la acumulación de capital y riqueza de las familias negras y reforzando la segregación urbana.
Una frontera movediza
La blancura ha sido históricamente maleable y selectiva. En los siglos XIX y XX, grandes oleadas de inmigrantes europeos no fueron inicialmente considerados blancos según la norma anglosajona dominante.
Es el caso de los alemanes que fueron vistos como culturalmente distintos por su idioma y religión, sin embargo, fueron gradualmente aceptados tras adoptar el inglés e integrarse laboralmente. También los irlandeses, católicos marginados, estereotipados como violentos y primitivamente “no blancos” lograron aceptación tras participar en sindicatos, política local y policía. Los italianos, racializados y estigmatizados, consolidaron su integración tras abandonar vecindarios urbanos y establecerse en suburbios. Finalmente, los judíos europeos quienes enfrentaron cuotas universitarias, exclusión residencial y discriminación social se integraron parcialmente tras la Segunda Guerra Mundial y la suburbanización.
Estos procesos demuestran que la blancura no depende únicamente de rasgos físicos, sino de movilidad social, adaptación cultural y reconocimiento institucional.
En Texas, algunas familias mexicanas asentadas desde antes de la anexión estadounidense fueron clasificadas como blancas, debido a su capital económico y estatus político. En contraste, mexicanos recientes o trabajadores agrícolas permanecieron racializados. Este ejemplo muestra cómo la blancura puede ser un recurso político y estratégico, usado para consolidar jerarquías locales y asegurar la estabilidad del orden social.
Movilidad y percepción racial
La movilidad residencial ha sido un factor decisivo en la transformación de identidades raciales y étnicas. Salir de vecindarios segregados o ghettos no solo cambia la calidad de vida, sino también cómo la sociedad percibe a los grupos inmigrantes.
Durante gran parte del siglo XX, Spanish Harlem (El Barrio) fue el núcleo cultural y residencial de la población puertorriqueña en Nueva York. Con el tiempo, familias que lograron estabilidad económica comenzaron a mudarse hacia otros vecindarios del área metropolitana como Queens, el Bronx y Yonkers y, eventualmente, a suburbios de Nueva Jersey.
Esta movilidad transformó la percepción social. Fuera de un barrio estigmatizado, las familias podían acceder a escuelas, empleos y servicios de mayor calidad. Aunque nunca fueron absorbidos plenamente en la blancura, su movimiento mostró cómo el cambio de espacio podía abrir oportunidades y disminuir la estigmatización.
Los italianos vivieron un proceso similar pero con un resultado diferente. Tras décadas de discriminación en barrios de Queens, Brooklyn y el Bronx, como Bensonhurst, Astoria, Howard Beach o Corona, muchos se mudaron a suburbios de Long Island y Nueva Jersey. En estos entornos, la identidad italiana se transformó de inmigrante marginalizada a herencia cultural aceptable, plenamente incluida dentro de la blancura dominante.
Este patrón refleja cómo la movilidad residencial y económica puede reforzar la integración racial, un privilegio históricamente negado a la población negra debido a políticas como redlining y discriminación sistemática.
REI y el racismo estructural
En su “Groundwater Approach” REI enfatiza que las desigualdades raciales no son incidentes aislados, sino resultados consistentes de estructuras sociales e institucionales. Como agua subterránea que alimenta diferentes lagos, las inequidades fluyen a través de educación, vivienda, empleo, justicia penal y salud, beneficiando sistemáticamente a la población blanca y limitando las oportunidades para los negros y otros grupos racializados, aseguran.
Este enfoque permite comprender por qué los avances individuales de inmigrantes europeos fueron posibles mientras la población negra permanecía relegada. Los sistemas de poder estaban diseñados para favorecer a quienes ya eran considerados blancos, asegurando la persistencia de la desigualdad.
El redlining, por ejemplo, no solo afectó la movilidad económica, sino que consolidó la segregación residencial y la brecha de riqueza. Mientras las familias blancas podían adquirir propiedades, acumular capital y acceder a escuelas y servicios de calidad, las familias negras quedaron atrapadas en barrios subfinanciados, con menor seguridad, educación deficiente y menor acceso a crédito.
Este patrón reproduce desigualdades de manera generacional pues décadas después, la riqueza de las familias negras sigue siendo significativamente menor que la de las familias blancas, y la segregación urbana continúa reflejando la historicidad de la discriminación.
La blancura en Estados Unidos no es un hecho natural, sino un instrumento de poder y control social. Quién es considerado blanco ha cambiado según guerras, migraciones, crisis económicas, políticas de vivienda y transformaciones culturales. Analizar su historia permite entender cómo se distribuyen privilegios, se regulan fronteras sociales y se define quién puede acceder plenamente a la ciudadanía y al bienestar social.
Al incluir la perspectiva de REI y el análisis de políticas históricas como el redlining, se evidencia que la blancura no es simplemente una identidad individual, sino una categoría institucionalizada que ha moldeado la vida estadounidense durante generaciones. La historia de la blancura, la población negra y los inmigrantes revela que la raza funciona como un sistema estructural que organiza privilegios, oportunidades y poder.




